Cybermedios, mi nuevo blog de cibercultura
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Espacio de reflexión de Jorge Lizama (www.jorgelizama.tk) sobre el impacto socio cultural de las NTCI
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INICIO DEL LIBRO
El principio de siglo parece una época de monstruos. Vivimos rodeados por ellos, en el cine, en la literatura, la publicidad, en la música: Alien, El increíble Hulk, La Guerra de las galaxias, E.T., La Cosa, Gremlings, Los Cazafantasmas, Gasper, Los Visitantes Extraterrestres, Babilonia V... Existieron otras épocas productoras de monstruos: la baja Edad Media, el Romanticismo, el Expresionismo. En esos períodos, señala O. Calabrese (18), el monstruo representaba no tanto lo sobrenatural sino lo maravilloso, esa mezcla de extrañeza y familiaridad. En la mitología clásica los prototipos de monstruos (el minotauro y la esfinge) no sólo son salidos de una norma ("monstrum") sino que plantean enigmas y desafíos físicos e intelectuales a resolver.
Con ellos vuelve a aparecer la temática de la irregularidad y la desmesura porque los monstruos son siempre exagerados e imperfectos. Gigantes, cíclopes, gnomos, pigmeos, etc.
Pero los nuevos, a diferencia de los anteriores, no se estabilizan en una categoría específica que los pueda encuadrar. Están en continua metamorfosis, cambian, se sustituyen unos a otros, pasan de moda, tienen una vida' fugaz. Cada lugar que deja uno es rápidamente ocupado por una nueva criatura monstruosa. Los monstruos actuales son inestables; los clásicos, en cambio, respondían a una lista de caracteres bien definidos, señala Calabrese: cabeza de león, cola de reptil, alas de murciélago...
En cambio, para los contemporáneos resulta muy difícil confeccionar una lista similar que los represente.
"La Cosa" de Carpenter no posee una fisonomía propia, ya que adopta la forma de la criatura que tiene delante, tragando sus células y copiándolas. La cosa es una masa informe que se transforma continuamente. Una exitosa serie para niños que se continúa con la producción en masa de juguetes se llama, precisamente, "Transformers": robots que no se estabilizan en una forma única sino que pueden ser fácilmente transformados en autos, aviones o cohetes. Esto de algún nodo refleja estados emocionales de incertidumbre e impredecibilidad. Los objetos y figuras del neobarroco son inestables en cuanto a contenidos, formas y comportamientos de consumo que generan. Las representaciones que intentan dar cuenta de esta inestabilidad e irregularidad son ellas mismas inestables e irregulares(Calabrese).
Además, determinan modos de relacionarse y consumir que también lo son. ¿Acaso hay algo más inestable que el zapping, por ejemplo?
¿Qué sentido psicológico tendrá este renovado placer por los monstruos que se extiende en nuestra cultura digital? ¿Qué motivaciones inconscientes expresará a nivel individual y comunitario? ¿Qué deseos y afectos contrapuestos podemos inferir en este goce peculiar por lo terrorífico, lo lúgubre y ominoso?
Aparentemente sólo lo no conocido, lo no familiar, puede producir terror o aversión en ciertas circunstancias, pues obviamente, no todo lo nuevo resulta tenebroso. Jentksch atribuye este sentimiento complejo a la incertidumbre intelectual, a una desorientación cognitiva con respecto al medio, afirmación que Freud rechaza por poco exhaustiva.
¿Qué es lo que despierta este sentimiento de lo siniestro o tenebroso por el que nuestra cultura manifiesta una particular inclinación? El sentimiento de lo siniestro surge nítidamente cuando dudamos si un ser, en apariencia vivo, realmente lo es (y al revés menciona Jentksch), si ciertas figuras de cera o autómatas ingeniosamente construidos no serán de verdad seres dotados de vida.
Por cierto, la incertidumbre acerca de si una persona está viva o es un autómata nos produce un inmediato sentimiento de siniestro. En este punto Freud en Lo Ominoso menciona a C. Hoffman como el maestro de lo siniestro en la creación literaria. En su novela "Los Elixires del Diablo" este autor consigue despertar en el lector múltiples sentimientos de siniestro con la inclusión de "dobles" en todas sus variaciones posibles. Vale decir, la aparición en la trama de personas de aspecto idéntico que incluso pueden comunicar sus sentimientos e ideas a través de la telepatía.
Se produce un efecto de multiplicación o división al punto que se lo puede encontrar en distintos lugar forma simultánea.
Un personaje puede dudar, entonces, acerca de sí mi situar su propia identidad en otro o bien tomar el yo dei persona como propio. Por último, Freud destaca en novela el permanente retorno de lo igual: repetición d mismos rasgos faciales, destinos y caracteres en el cur sucesivas generaciones.
"... el motivo del doble ha sido estudiado a fondo Rank... en él se indagan los vínculos del doble con la p imagen vista en el espejo y con la sombra, el espíritu t lar, la doctrina del alma y el miedo a la muerte, pero bién se arroja a viva luz sobre la sorprendente historia nética de ese motivo. En efecto, el doble fue en su o una seguridad contra el sepultamiento del yo, "una en ca desmentida del poder de la muerte" (O. Rank), y es bable que el "alma inmortal" fuera el primer doble del po... estas representaciones han nacido en el terreno irrestricto amor por sí mismo, el narcisismo primario... la superación de esta fase cambia el signo del doble: d seguro de supervivencia pasa a ser el ominoso anuncio de la muerte".
Con la propia duplicación y multiplicación, el yo inf se defiende a sí mismo del temor a la aniquilación. El tivo del doble reaparece en la creencia en los ángeles cuidan nuestras vidas muy difundidas en la actual cul occidental, tanto como los espíritus que adoraban los blos primitivos.
También lo hallamos en el "amigo imaginario" con e el niño comparte sus juegos.
Pero también, el doble puede subsistir en la vida psi ca de una persona bajo la forma de fantasías de omnipo cia que buscan compensar las frustraciones en la reah Existen fases tempranas en el desarrollo del sentimieto yoico en las que no aparecen aún claramente establecidos sus límites con los objetos ni con las otras personas.
El sentimiento de lo siniestro, la multiplicación y división del yo, el retorno de lo idéntico, la incertidumbre entre lo vivo y lo inanimado hallarían sus raíces en este yo infantil al que también corresponden la omnipotencia de las
ideas y el animismo.
Los Superhéroes, los Transformers, las Tortugas Ninjas, los Esqueletos Guerreros, E. T., entre tantos otros, no serían sino la exteriorización de la omnipotencia infantil y los seguros e invencibles protectores frente al desamparo. Pero esto no explica aún el motivo de los monstruos. Queda claro que las figuras de los héroes autómatas y animales resultan dotadas de poderes mágicos y animistas para cumplir una función protectora y aseguradora para el yo. Pero ¿cómo explicar la proliferación de lo monstruoso y lo siniestro? ¿Cuál es la relación entre estos héroes bondadosos y protectores y este apego cultural a lo informe y terrorífico? Todos nosotros conservamos huellas de esta actividad mágica y omnipotente que poblaba nuestra vida psíquica temprana. ¿Pero acaso existirá alguna relación entre estos seres todopoderosos y los monstruos? El psicoanálisis sostiene que todo afecto se transforma en angustia por obra de la represión. Entre esta angustia que inunda al yo y ese afecto original que no tenía nada de angustioso ha mediado la represión. Este mecanismo fundamental para la vida psíquica tiene el efecto de trastocar los valores y el sentido de las representaciones sobre las que actúa.
Lo siniestro parece responder a este tipo de afectos y representaciones que en un momento inicial resultaban entrañables y familiares y que sólo por obra de la represión cambiaron su signo: de un seguro de supervivencia se transformaron en anunciadores del terror. El placer cultural por lo monstruoso se abre entonces en un abanico de representaciones. Por un lado, está el tema de los muertos, los espíritus y los aparecidos sobre los que la cultura se muestra tan prolífica; las series televisivas "Los Cuentos de la Cripta", los filmes "El Retorno de los Muertos Vivos" y "Los Zombies", la serie "Los Esqueletos Guerreros", el filme "Los Cazafantasmas", "Gasper" en sus distintas versiones, para nombrar sólo algunos.
La ficción juega con el temor arcaico a los muertos y el pánico a ser llevado por ellos, creando sentimientos de siniestro en distintos niveles.
Freud cita otros contenidos susceptibles de generarlos: miembros seccionados de un cuerpo, una cabeza cortada, una mano separada del resto del brazo. En estos casos de cortes y seccionamientos el efecto tenebroso está vinculado, obviamente, al complejo de castración.
También menciona la siniestra y difundida fantasía de ser enterrado tras una muerte aparente, a la que atribuye su origen en un deseo infantil nada tenebroso: el anhelo de retornar y vivir en el seno materno (op.cit).
El borramiento transitorio de los límites entre fantasía y realidad es otra fuente común del sentimiento de lo siniestro: por ejemplo, cuando algo que teníamos como simple fantasía se nos aparece como real. Similar efecto se produce cuando el símbolo se transforma en la cosa misma; este es el fundamento de la magia y también se relaciona con el animismo y la omnipotencia de las ideas.
En síntesis, lo siniestro es aquello que en una época temprana resultó familiar, pero que experimentó una represión y retorna en calidad de extraño. El apego actual a lo monstruoso e informe que manifiesta la cultura digital, puede ser entendido a partir de estos fundamentos. Las figuras deformes que nos atraen deben guardar sin embargo algo de la magia y la belleza que en tiempos pasados nos habían encantado. Lo monstruoso seria una belleza arruinada que retorna, o bien ese seguro de supervivencia que ha cambiado de signo, el genio tutelar y bondadoso que se ha vuelto demonio.
Pues bien, considero que la irrupción de lo monstruoso e informe es un signo de la claudicación de las figuras que representaban amparo y protección en el imaginario social y que suelen estar depositados en las diversas instituciones que la conforman. La actual proliferación cultural de lo lúgubre y lo tenebroso expresa la caída de antiguos ideales y lazos sociales, así como el fracaso en la generación de otros nuevos.
El gusto por lo monstruoso sería, entonces, la expresión plástica de un proceso de descomposición que afectan nuestra cultura y que ha vuelto extraño y amenazante aquello que resultaba familiar y protector. Las representaciones culturales de los muertos vivos, esqueletos, criptas y cuerpos en descomposición, aluden de este modo a un tipo de desintegración y deformidad que trasciende la biología y se sitúa en el núcleo mismo de la vida comunitaria.
Toda cultura se construye a partir de complejas transformaciones de la vida pulsional, la tradición y la realidad exterior, y reconoce intrincadas transacciones entre grupos antagónicos y aspiraciones contradictorias. Aspiraciones sectoriales diversas, ideologías contrapuestas, múltiples defensas coexistentes para enfrentar las exigencias pulsionales, representan una diversidad de factores en juego, con el riesgo siempre latente de fragmentación y descomposición.
La realidad puede frustrar anhelos largamente esperados por la comunidad, o bien, los dirigentes pueden mostrarse incapaces para producir proyectos que renueven los ideales compartidos como factores de unidad y cohesión.
En este sentido, la producción de nuevas formas de pensar las realidades compartidas es un reaseguro frente al riesgo de disolución que acecha desde distintos frentes a una cultura. De allí que resulte imprescindible que se muestre capaz de generar modalidades cada vez más complejas para encarar los problemas múltiples que se le presentan. Una cultura precisa redefinir continuamente sus espacios, objetos y estrategias. Precisamente, en esta redefinición la cultura digital está mostrando serias falencias, hecho que determina una sensación de sofocación y parálisis social, acompañada de prácticas violentas y sensualidades corrosivas. Cada cultura produce y se identifica con una realidad que la caracteriza. La falta de propuestas, la reiteración de consignas vacías carentes de apoyo comunitario, la imposición de objetivos que sólo satisfacen a grupos menores, y descuidan el bien común, están lejos de producir una realidad más compleja y elaborada. En lugar de esto nos encontramos con una cultura serial y numérica, entregada a la desmesura y a la prueba de los límites. Vastos sectores de la misma no sólo no demuestran poseer un carácter más complejo, sino que rinden tributo a lo mágico y demoníaco. Este apego cultural a lo tenebroso podría corresponder entonces a la autopercepción de los procesos disolutorios que nos afectan.
La falta de proyectos comunes se suma a la incapacidad para plasmar y vincularse con lo nuevo; esto determina un tipo de espacialidad psíquica lúgubre y proclive a padecer sentimientos siniestros. La producción social de monstruos al estilo de "La Cosa" señala además una degradación del superyó cultural; la conciencia de culpa ya no queda circunscripta a mandatos y frases verbales internalizadas en cada individuo, sino que aparecen proyectadas y materializadas en seres informes que atacan al yo.
El núcleo del superyó es la palabra oída, fundamentalmente aquella que proviene de los padres. Mencionamos que para el psicoanálisis esta instancia es la representante de la cultura y de la tradición en el interior de cada individuo, y que en tal calidad cumple tres funciones básicas: autoobservación, conciencia moral (de la que emana el sentimiento de culpa) y formación de ideales. La internalización de la autoridad parental a través de identificaciones inconscientes representa una ardua y valiosa conquista cultural. Ahora bien, no sólo la libido y el yo pueden regresar a fases anteriores y menos organizadas de su desarrollo. También puede hacerlo el superyó en cuyo caso dejan de predominar los mandatos internos abstractos. En la psicosis paranoica la degradación de la instancia moral lleva al paciente a alucinar las voces que antes eran sólo representaciones internas.
Sin llegar a este extremo patológico que nos muestra la clínica, considero que la inclinación cultural por lo monstruoso que acosa, amenaza, asume formas diversas y está siempre preparado a infligirnos un daño o aniquilarnos (la masa informal de It, "La Cosa", el ente sanguinario de "Alien") traducen la autopercepción de procesos de descomposición social y regresión de la conciencia moral.
Lo que antes era control interno, abstracto y verbal, degrada hacia formas monstruosas, informes y de carácter perceptible.
De este modo, la culpa internalizada de la que habla Freud ha devenido ataque desde el exterior llevado a cabo por personajes terroríficos.
Pero hay más: al regresar a fases primarias de su desarrollo el superyó pierde su carácter abstracto y se resexualiza, con lo cual este gusto cultural por ser perseguido y atacado por monstruos no puede ocultar su carácter de placer masoquista: baste recordar las escenas de voluptuosa crueldad que aparecen en la pantalla. Las acciones de los monstruos son seguidas por un morboso detallismo ("Alien" parasita a sus víctimas manteniéndolas en estado de coma para extraerles la sangre, "Depredador" se entrega a la caza de seres humanos por placer, mimetizándose con el medio ambiente para corporizarse de improviso y descuartizar a su víctima).
Ya no se trata de la culpa internalizada sino de acciones de una crueldad desenfrenada cumplidas por seres tenebrosos ante un yo paralizado que goza en posición masoquista.
Gran parte de la Cultura Digital de principio de siglo se enfrenta a una creciente degradación de ideales y lazos comunitarios y éste es el marco en el que se está desarrollando la revolución informática. La transformación tecnológica de átomos en bits Lioow no se da en el vacío de los chips sino en una cultura que sufre en gran medida la regresión de su conciencia moral a la morbosidad y crueldad desenfrenadas.
Entonces, podemos pensar que lo lúgubre y tenebroso aluden también a la falta de proyectos comunes en los que comprometerse, a la ausencia de un espacio y un tiempo futuros en donde proyectarnos. El apego a lo monstruoso refleja el estado de parte de una cultura condenada a vivir sin propuestas ni proyectos y por lo tanto expuesta a las catástrofes psíquicas.
Ya no se trata de la pulsión de vida que empuja a crear diversidad y complejidad crecientes sino de una erogeneidad degradada que presenta características corrosivas y amenazantes.
Cuando se degradan el yo o el superyó, los componentes parciales de la pulsión vuelven a adquirir un carácter atacante y desestructurante desde el mundo interno. Son estos los contenidos que resultan proyectados y abruman entonces al yo desde el afuera. El universo simbólico va perdiendo riqueza y diversidad, vale decir, se va cosificando o tornando informe (como en el filme "La Cosa") en tanto expresión de la pérdida de cualidades y diferenciación de categorías. En última instancia todo pasa a remitir a uno y a lo mismo, a esa masa informe, o a ese erotismo disolvente y corrosivo, a una expectativa de catástrofe cercana.
El vacío de sentido es llenado entonces con estímulos fuertes y arrasantes que pueden ir desde el terror a la obscenidad y el desenfreno pornográfico. Una cultura vacía de significados intenta en vano despertarse con el miedo, la voluptuosidad exacerbada, la búsqueda del riesgo o el acopio de números.
El vacío de significación es tapado con una catarata de estímulos que se repiten de manera mortífera. Los vínculos de empatía, ternura e identificación son sustituidos por una dictadura de los sentidos y una voluptuosidad que no conoce otro límite que el de quedar exhausto.
Sucede como si la apatía general de pronto camibiará de signo y cobrara formas tenebrosas. La idea que subyace es que en la sobremodernidad, uno puede ser abruptamente arrancado de la plácida mónada indiferente y autosuficiente por aparecidos sanguinarios que no saben de piedad ni conocen la ley. Baudrillard (13) señala que en un momento dado, la indiferencia y el silencio de todos estalla e implosiona y que lejos de tratarse de un episodio irracional, forma parte de la lógica misma de esta sociedad que responde a una aceleración en el vacío.
De modo que la irrupción de lo monstruoso y violento, está encerrada potencialmente en la misma dinámica de funcionamiento de la cultura actual. Acumular vacío subjetivo e indiferencia, dejar pendientes para un mañana que nunca llega la construcción de significados, abandonarse a una recombinación y reciclado de signos de superficie, alimenta agujereamientos en la trama afectiva y simbólica, que no tardan en hacer implosión.
El vacío se condensa y absorbe a sí mismo cargándose con el anti-sentido.
Los monstruos no serían más que la expresión plástica de esta fractura que con el lánguido desacople de la vida emocional se alimenta silenciosa, hasta su irrupción violenta. Estos monstruos que proliferan, son parte de la cultura digital, porque suponen la cristalización del vacío narrativo que se acumula en cada uno de nosotros. En verdad, es la indiferencia y la apatía de todos lo que les dan vida. Entonces las pasiones cotidianas no jugadas más que a través de la mediación televisiva, irrumpen súbitamente, con el rostro de lo lúgubre y catastrófico.
Lo monstruoso e informe puede entenderse en términos de aquellos hechos que no han sido atravesados ni apuntalados por la intersubjetividad.
Esta sociedad digital mantiene a la deriva diferentes hechos a los que no confiere significados.. Esto determina según R. Kaes una " despsiquización "en la que el "hecho" (corporal, social, económico)" aparece "en bruto". Lo siniestro y monstruoso guarda estrecha relación con estos hechos "en bruto", huérfanos de todo filtro o ligadura intersubjetiva. Hechos que al igual que la pulsión, configuran una exigencia de trabajo para lo psíquico individual y social, y cuyo incumplimiento nos recuerdan La Cosa o Depredador, por ejemplo.
Paradójicamente, esta cultura en la que reinan los números, acumula cuentas pendientes: hechos pendientes de significación social.
Tras un momento inicial de equilibrio y silencios compartidos (primera fase exitosa de la desmentida de la realidad), el sistema empieza a mostrar sus fisuras y estalla en violencias múltiples, de las que el apego a lo monstruoso no es sino una de sus expresiones.
La realidad se hace, entonces, cada vez más incomprensible y caótica (monstruosa) porque ya no hay capacidad cultural para asimilar, elaborar ni transformar lúcida y creativamente aquello que la constituye. Entonces el imaginario social comienza a poblarse con las figuras portadoras del caos y la desintegración,
ROMANO M, Eduardo (2000) "Placer por lo monstruoso y siniestro" en La cultura Digital, Buenos Aires, Lugar Editorial, pag. 39-51


Uno de los libros más interesantes que he leído en los últimos meses es sin duda Rebelarse Vende, de Andrew Potter y Joseph Health; donde los dos autores se dedican a desmitificar muchos de las valores, creencias y prácticas que articulan el fenómeno que los sociólogos han dado en llamar "Contracultura".
En relación con la tecnología, el libro toca el tema de la ética hacker, lo cual me parece sumamente oportuno, más si tomamos en cuenta que hoy en día muchos hablan de la ética hacker pero pocos son los que se han preocupado por ilustrarse en cuanto a sus contradictorios origenes históricos, o las distintas connotaciones que el término arroja en cuento a su cariz deontológico.
Es decir, el mundo de la ética hacker es mucho más complejo y contradictorio de lo que plantea Pekka Himanem en el sobredimensionado documento, La ética del hacker.
Para muestra, aquí está la primera parte de lo que Potter y Health dicen al respecto:
Una gran parte de la filosofía del movimiento de tecnología apropiada tenía un paralelismo en el mundo embrionario de la informática. Lo que hoy se conoce como la «ética hacker» o «ética del pirata informático» se inició en la década de 1950 con un grupo de estudiantes de la MIT cuyo principio básico era el derecho de todo usuario al pleno acceso a la informática y a la información. De orientación anarquista y libertaria, esta filosofia pretendía descentralizar la informática y el acceso a la información para oponerse al elitismo tecnicista y acaparador de información que caracterizaba a la tecnocracia. Como dice el filósofo de la cultura Andrew Ross, «las tecnologías informáticas del pirateo y la guerrilla vírica ocupan en el imaginario contracultural un lugar parecido al que tuvo en su momento el cóctel Molotov».
En cuanto a equipos informáticos se refiere, la empresa Apple ha contado como tecnología apropiada desde el principio, porque sus fundadores (Steve Jobs y Steve Wozniak) se opusieron deliberadamente a los sistemas corporativos, institucionales y centralizados que habían creado IBM y Digital Electronics Corporation (DEC). En contraste con estos gigantescos y «crueles cerebros mecanizados y opresores», el futuro del ordenador personal -desde la autoedición hasta las redes informatizadas- parecía subversivo y liberador.
Desde su puesto en el WholeEarth Catalog, Brand estaba completamente de acuerdo con esta filosofía. En su opinión, los ordenadores Apple eran herramientas hechas por y para revolucionarios, y la revista del WEC publicaba artículos sobre la compañía además de textos sobre las cocinas de leña. En 1985, Brand cofundó The WELL («Whole Earth 'Lectronic Link» o Vínculo 'Lectrónico Terrestre) como sitio web alternativo para los escritores y lectores de su revista, la Whole Earth Software Review. La publicación duró sólo un par de años, pero The WELL, uno de los primeros intentos de crear un foro cibernético pertenece hoy a la gran empresa Salon y cuenta con más de diez mil miembros repartidos por el mundo entero.
Con una expresión acertada, Andrew Ross comenta que si una gran parte de la contracultura de la década de 1960 y del movimiento TA se formó en torno a una tecnología del folclore, la versión que surgió a finales de los 80 y principios de los 90 puede considerarse un folclore de la tecnología, con proezas míticas de supervivencia y resistencia en un mundo sobreinformado de entornos virtuales y cuerpos «poshumanos». Es el ciberespacio donde muchas personas siguen soñando con un orden social verdaderamente anárquico, en el que todas las relaciones sociales sean voluntarias y libres, saltándose todo tipo de normas y jerarquías.
El ciberanarquismo es una filosofía que combina un entusiasmo desaforado por el «estilo de vida electrónico» con las clásicas ideas libertarias en cuanto al concepto adecuado de libertad, economía y comunidad. La exposición más clara de la ideología ciberlibertaria aparece en una publicación llamada El ciberespacio y el sueño americano: una carta magna para la era del conocimiento, de Esther Dyson, George Gilder, George Keyworth y Alvin Toffler. Tras su publicación en el año 1994, en Internet han aparecido varias versiones de este texto.
La teoría de las ondas de Toffler ha influido poderosamente en la filosofa ciberlibertaria. La economía de la primera ola era agrícola y dependía de la mano de obra humana, mientras que economía de la segunda ola se basó en la mecanización industrial. La emergente tercera ola se basará en el conocimiento, ya que se difunde mediante redes informáticas. La sociedad de masas fue hija de la tecnología de la segunda ola, que requería una producción industrial, un sistema gubernamental poderoso y una burocracia corporativa centralizada. En la Era de la Información, las instituciones se van a «desmasificar», con la consiguiente eliminación de la burocracia y la aparición de oportunidades nunca vistas para ejercitar la libertad humana sin las enormes trabas de la sociedad industrial.
En el mundo de la tercera ola, la vida se desarrollará en comunidades totalmente emancipadas. Como admiten los autores de la Carta magna del ciberespacio, «nadie sabe cómo serán las futuras comunidades de la tercera ola, ni cuál será el destino último de la «desmasificación». Es obvio, sin embargo, que el ciberespacio va a ser un importante nexo de unión para las comunidades del mañana, al permitir la creación de «barrios electrónicos» que compartan unos intereses comunes en vez de un emplazamiento geográfico.
Otro texto que influyó en el asentamiento de los principios ciberlibertarios fue la Declaración de independencia del ciberespacio, de John Perry Barlow, cuyo comienzo es el siguiente: «Gobiernos del Mundo Industrial, gigantes exhaustos de carne y metal: yo vengo del Ciberespacio, la nueva morada de la Mente. En nombre del futuro, os ruego que nos dejéis en paz. No os tenemos ningún aprecio. No tenéis soberanía alguna sobre nosotros». A continuación afirma que «nuestras identidades no son corpóreas y, al contrario que vosotros, no empleamos la coacción física para obtener el orden. Creemos que la ética, la tolerancia individual y la mancomunidad serán los pilares de nuestro gobierno. Nuestras identidades podrán distribuirse en muchas de vuestras jurisdicciones. La única ley que reconoce nuestra cultura constituyente es la "regla de oro", que esperamos aporte soluciones concretas a nuestros problemas. Pero no podemos aceptar las medidas que pretendéis imponernos».
Si el texto recuerda a esos discursos que se hacen fumando la pipa de la paz, es porque Barlow fue compositor del grupo musical Grateful Dead. Aun así, no es ni mucho menos el primer hippie retirado que se deja fascinar por las posibilidades contraculturales que ofrece Internet. En la década de 1980, Timothy Leary declaró que la informática había sustituido al LSD como instrumento esencial para expandir nuestra conciencia individual. «Usar un ordenador es lo más subversivo que he hecho en mi vida», declaró.
A quien haya entrado por primera vez en Internet después de 1996, por poner una fecha, todo esto le sonará ridículo. Incluso a los que teníamos un sistema de correo electrónico antes del nacimiento de la Red de Redes nos cuesta recordar las enormes ventajas que tenía Internet en sus primeros tiempos. Los foros, los puntos de información y las listas de correo -las bases de la comunidad cibernética- eran entonces independientes. Las personas que se daban de alta en algún grupo aceptaban la « netiquette» o protocolo de la red, y quienes no cumplían las normas eran ignorados o expulsados a cajas destempladas. Es decir, pese a no ser exactamente un mundo sin normas, el primer Internet fue un lugar tremendamente libre y descentralizado, sin jerarquías ni restricciones. El sueño ciberlibertario era que este sistema de interacción social sirviera como modelo para un orden socioeconómico nuevo.
Sin embargo, esta última década no ha sido muy benevolente con la supuesta comunidad electrónica, por motivos totalmente predecibles. Cuando Bárlow proclamaba que «estamos creando un mundo donde cualquiera puede expresar sus creencias en cualquier parte, por extrañas que sean, sin que se le imponga el silencio o la conformidad», no parece habérsele ocurrido que determinadas personas pudieran valerse de esta libertad de expresión para coaccionar, acosar o silenciara los demás. En muy poco tiempo, Internet se dejó infestar por los individuos siniestros del «mundo real», es decir, los racistas, intolerantes y sexistas, por no hablar de los "terroristas", «campers», «chetos» y otros malhechores dispuestos a no respetar la privacidad de nadie, a robar identidades ajenas, acosar a ex novias o compañeros de trabajo y a atormentar al mayor número de internautas posible. Peor aún, eran capaces de sacar partido precisamente de los elementos más utópicos del ciberespacio: la inexistencia de barreras ni fronteras, la ausencia de todo gobierno o sistema policial y el anonimato casi generalizado. Los resultados confirmaron la ley ciberespacial de Gresham: las malas palabras acaban con todo lo bueno.
Cuando los libertarios más acérrimos seguían negándose a imponer algún tipo de control en la Red, llegó el spam o correo basura. A mediados de 2003, el correo basura (publicidad no solicitada que incluye desde imágenes pornográficas hasta ofertas hipotecarias y sistemas de alargamiento de pene) había dejado de ser una pequeña molestia y se había convertido en un grave problema para los usuarios personales y las empresas de servicios. Son muchísimas las cuentas de correo que han quedado inutilizadas al recibir diariamente centenares de mensajes publicitarios. Cuando el Congreso estadounidense se decidió por fin a aprobar una ley contra el spam, entre él 60 y el 80 por ciento de los mensajes electrónicos eran correo basura.
Este fenómeno existe porque es una forma increíblemente barata y sencilla de publicitar un producto. A un precio de 500 dólares por cada millón de nombres se puede montar una lista de correo que con una respuesta positiva de sólo 1 por cada 100.000 puede ser rentable (frente a la proporción de 1 por cada 100 del correo basura de papel). Por otra parte, lejos de ser una perversión del concepto ciberlibertario, el correo basura nace directamente de sus principios más básicos. Toffler, Dyson, Barlow y demás especifican claramente que la gran característica definitoria de Internet es la libertad de expresión ilimitada y no sujeta a norma alguna; esto no sólo incluye, sino que afecta por encima de todo a la actividad económica. Por supuesto, cuanto más correo basura se envíe, menos eficaz será, pero su sobreabundancia anima a los expertos en marketing cibernético a redoblar sus esfuerzos y mandar cada vez más copias del mismo mensaje. De este modo se inicia una perfecta carrera hacia el abismo, y la Red completamente atascada por el exceso de correo basura se convierte en la trágica culminación de la utopía ciberlibertaria.
Por desgracia, este problema es difícil de solucionar, pero habrá que intentarlo si queremos que Internet siga siendo viable. Los fanáticos del ciberanarquismo se niegan a aplicar una normativa para controlar el correo basura, con el argumento de que acabaría con la ilimitada libertad de Internet. Por eso se empeñan en intentar aplicar remedios tecnológicos en el punto de recepción del usuario (como filtros contra el seamy programas de seguridad), pese a que éstos no solucionan el problema estructural básico, que es social y no tecnológico. Esto les permite posponer el reconocimiento de que la ciberlibertad no ha salido bien en Internet por el mismo motivo que el libertarismo ha fallado siempre en todas partes. La libertad sin restricciones no promueve la paz, el amor y el entendimiento. Ni siquiera promueve el capitalismo. Lo único que hace es recrear un estado natural «hobbesiano».


